Donosti, San Sebastián, La Bella Easo

Publicado el 2 enero 2015
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Nunca se cansan mis recuerdos de traerme a la memoria las innumerables vivencias del paisaje vivido en Donosti. ¿Qué lugares adquieren más color? Difícil saberlo ya que cada uno de sus rincones, en su momento, estuvo, intensamente, lleno de emoción: La alameda, los jardines de Alderdi Eder, los tamarindos a lo largo de todo el curvo paseo de La Concha, el estrépito en El Peine, sus puentes, los jardines del palacio de Ayete, …

Muchas son las cosas que he hecho con gusto en San Sebastián. En una de mis primeras visitas entré en su acuario y quedé asombrado. Creo que ahora ya lo han renovado y es uno de los mejores de Europa. Gracias a aquella visita pude visualizar con facilidad mi lectura de uno de los cuentos más sorprendentes de Julio Cortázar, Axolotl (Hubo un tiempo en que pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des plantes y me quedaba horas mirándolos …)

Sin duda el hecho de que mi madre fuese donostiarra cambiaba toda mi percepción de la ciudad. Estaba en casa. Esa era la sensación que permanentemente tenía en mi interior al pasear de forma incansable, un día tras otro, hasta el Peine de los Vientos: Primero era la brisa entre los tamarindos, también las formas elegantes de la barandilla a mi derecha, el mar, la marea, unas veces alta y cercana, otras algo perdida y lejana, siempre nueva y eterna, siempre fresca y ¡salada! Luego, atravesar el palacio real por el tunel y llegar a Ondarreta, sus jardines, el tenis y finalmente la furia total del mar … Cualquiera de sus tres montes tiene encanto. Primero el Igueldo, por pasar un rato, sobre todo con niños y disfrutar de sus atracciones permanentes. En el Urgull, el central más por el paseo que lo envuelve, en el que rompen las olas con una fuerza enorme, y la vista que por otra cosa, y el monte Ulia por sus restaurantes y sus vista al atardecer. Lo más apropiado, una cena junto a un buen ventanal y contemplar a la par que se charla y se degusta la autentica cocina vasca, una puesta de sol indescriptible bañando en dorados tus ojos y toda la bahía que queda a tus pies. El paraíso.

Un día cualquiera de sol veraniego puedes tomar una barca de remos en el puerto e irte, rema que rema, sin problemas, hasta la central isla de Santa Clara. Lo hice alguna vez. Lo mejor, el trayecto y la paz al llegar a la isla. De vuelta, al atardecer, y por variar, unas sardinas frescas en el puerto regadas con una sidra natural de la tierra es una opción acertada. Como también lo sería adentrarse por el casco viejo y entrar en sus numerosos bares y restaurantes.

Las mejores fechas para estar en Donosti son, evidentemente, las del verano. Pero, por ejemplo, en septiembre se puede disfrutar de la temporada de traineras o regatas que se celebran en la bahía de La Concha. Y en agosto además del buen tiempo está la Semana Grande que coincide con la segunda semana del mes, tras las fiestas de la Virgen Blanca en Vitoria y antes de la Semana Grande de Bilbao.

Si eres amante de la música podrás gozar de su famoso festival de Jazz. Para mí, sin embargo, la fiesta de la Tamborrada es muy especial. Todo el colorido y el sabor casero de San Sebastián se despliega en esta celebración de la fundación de la Cuidad el 20 de Enero. El cielo, si existe, se debe de parecer mucho a esta ciudad.

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