En Arequipa, el Monasterio de Santa Catalina

Publicado el 20 diciembre 2014
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Silencio. Con esta palabra se nos abre en Arequipa el Monasterio de Santa Catalina. Tras la puerta, lo que nos encontramos es toda una ciudadela de patios, claustros, calles, todas con nombres españoles, plazas, celdas e iglesias diferentes. Es una ciudad dentro de la ciudad de Arequipa.

Aún viven en una parte del monasterio algunas hermanas religiosas, pero son mayoría los espacios abiertos al público que permiten que conozcamos de primera mano esta estructura religiosa en la que en sus mejores tiempos vivieron hasta 500 mujeres entre religiosas, asistentas, niñas y refugiadas. Solo el ruido del agua en sus diferentes músicas producido por las pequeñas fuentes y surtidores distribuidos aquí y allá interrumpe la paz reinante. Las cuidadas calles que diversifican las visitas, tanto a celdas como a capillas y claustros, están pintadas en tonos ocres y azules intensos.

Todo es silencio y paz. Es de destacar el esfuerzo reconstructor que ha imperado en el monasterio tras los sucesivos terremotos y erupciones volcánicas que cada cierto tiempo se han llevado por delante este lugar. De las ruinas siempre volvió a renacer. Gracias a ello, en la actualidad podemos contemplar una muestra muy representativa de la arquitectura arequipeña justo en el centro histórico de la ciudad. Si nos atenemos a su sentido religioso, el monasterio de Santa Catalina fue ya desde sus orígenes un refugio de las mujeres pudientes más que un centro de oración vocacional propiamente.

Las señoras del convento gozaron siempre de todo tipo de comodidades y organizaron en su interior toda una vida cultural propia, fiestas incluidas. Los excesos en este sentido obligaron al papa a nombrar una monja dominicana como superiora para que enderezase la vida espiritual del lugar.

Una opción interesante para una pausa, tras el movimiento al que nos someten nuestros ajetreados viajes por el continente sudamericano. De 9 h. a 17 h. en la calle del mismo nombre, número 301.

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